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La prensa bajo fuego

Como si se tratara de una extraña coincidencia, febrero, el mes en el que Colombia celebra el día del periodista, hemos acudido a una secuencia de acontecimientos que deben alertar a quienes defendemos los principios democráticos y la prensa libre como un activo valioso de la sociedad. Por: Andrés Forero.
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Javier Pérez / Ecos del Combeima
4 Mar 2019 - 11:38 COT por Ecos del Combeima

Las convulsiones geopolíticas plagadas de excéntricos y temerarios personajes que protagonizan la esfera pública, han puesto en primer plano la censura y la utilización del poder político o económico como armas aparentemente infalibles en un pulso entre el silencio y la verdad.

Periodistas a los que se les retiran credenciales para su ejercicio por resultar incómodos para un gobierno respetuoso de las libertades en el norte del continente y dictadores que retienen a reporteros, confiscando su material en regímenes socialistas, terminan poniéndolos a ambos en un mismo plato de la balanza, más allá de que quieran marcar sus propias distancias.

Este panorama no escapa a las realidades nacionales o locales.

Esta semana El Tiempo anunció el fin de la producción audiovisual y salida del aire de su canal de televisión.

En voz de sus comunicadores quedó en el ambiente un sinsabor frente a lo que los inversionistas y en su interpretación las audiencias esperan de quienes nos hemos preparado para ser alguaciles de la información.

Advertía una de las figuras más representativas de ese canal en una nostálgica despedida que el ejercicio de este oficio pareciera reducirse a la inmediatez y las emociones, dejando de lado la máxima según la cual la mejor noticia no es la que se da primero si no la que mejor se da.

Al acoso judicial, el chantaje de la pauta, el cerco político y la persecución de actores armados se suma entonces un obstáculo más para cumplir la tarea, competir con las tendencias, la tecnología y los ciudadanos prosumer (productores y consumidores de información).

Y así, como arena entre los dedos, se van escapando víctimas de esa abrumadora modernidad, valores elementales del periodismo: verificación, independencia, historias bien contadas, para abrir una peligrosa grieta hacia el engaño, la confusión, las noticias falsas que laceran y erosionan la capacidad de formar opinión pública calificada.

Aunque es tiempo de hacer actos de contricción y reconocer que en medio de los agites de la cotidianidad, en las realidades del hacer que no se aprenden en las facultades de periodismo, el gremio ha podido descuidar por momentos su deber con la ética y el rigor, tampoco se puede terminar incriminando al periodista como la causa de todos los males.

Al contrario, es mucho lo que la sociedad liberal le debe al buen periodismo, defensor de causas comunes, catalizador de hechos de corrupción e injusticias y garante del ejercicio del poder en todas sus formas, preceptos que los periodistas han pagado con sangre, defendiéndolos con su propia vida.

Hoy en medio de la crisis de credibilidad que afrontan medios masivos y periodistas, en ese  torrente de acusaciones muchas veces infundadas, fake news incluso con fuentes oficiales y un marcado déficit de periodistas propiciado por salarios bajos y futuros laborales inciertos, no hay otro camino que la llave ciudadanos-reporteros para dar oxígeno al que gabo llamara el mejor oficio del mundo y desde una mirada autocrítica y retrospectiva, reencontrarse con los valores, la esencia y responsabilidad que acompañan la tarea de comunicar.

 

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Porque trabajar menos horas no significa producir menos. Significa producir diferente. Las empresas que han logrado sostener sus resultados con jornadas reducidas son las que dejaron de medir el desempeño por el tiempo que la gente permanece en el negocio y empezaron a medirlo por lo que realmente ocurre en ese tiempo.

Regiones Administrativas y de Planificación, que sin haberse desarrollado plenamente, parecen haberse quedado cortas por muchas razones; entre otras, por la misma centralización administrativa y económica que tiene hoy Colombia.

El departamento necesita una agenda común. Una agenda que incluya las vías rurales, la conectividad, el desarrollo agropecuario y la agroindustria, el turismo, la educación superior, el empleo, la seguridad, el agua y la competitividad.

El tic tac de la implosión Barretista pareciera estar acercándose al minuto cero, y lo peor de todo es que se ven más precandidatos que propuestas serias y concretas para el departamento, que, tras casi 16 años de gobierno conservador, no ve cambios ni transformaciones de fondo.

Este resultado no es producto de la casualidad. Es consecuencia de un ambiente de mayor confianza para invertir, producir y generar empleo.

El principal problema surgió por las facultades que el gobierno pretendía otorgar a la ANT. Varias disposiciones generaban preocupación porque podían reducir el papel de los jueces dentro de los procesos agrarios.

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Las medidas cautelares adoptadas por el Consejo de Estado, en el estudio de la demanda contra el decreto mediante el cual se fijó el salario mínimo para el año 2026, solo confirman una cosa: la ligereza que ha caracterizado a este gobierno cuando de sustentar legalmente sus actuaciones se trata.

¿Cómo es posible que, a pesar de contar con presupuestos, políticas y documentos que advierten sobre la importancia de tomar medidas, aún no tengamos campañas bien estructuradas para reducir el consumo de agua?

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