Los megaproyectos para Ibagué
La administración de Guillermo Alfonso Jaramillo que termina el 31 de diciembre de este año, quedará en deuda con los ibaguereños por el incumplimiento de muchos de sus proyectos y obras de campaña, porque una vez en su mandato y a lo largo de cuatro años, no pudieron ser ejecutadas, unas por ser inviables financieramente y otras por pura falta de liderazgo, gestión y concertación con el sector privado de la ciudad, así como con otros organismos vitales para tal fin.
¿Quiere decir entonces que obras como el tranvía, la nueva central de abastos, el centro de ferias y centro de convenciones, el cable aéreo para los barrios del sur y los parqueaderos públicos, serán proyectos que ni siquiera con APP (alianzas público privadas), podrán ejecutarse?
No se puede pasar por alto la tragedia en que se ha convertido la construcción y reconstrucción de los escenarios deportivos, lo mismo que el inicio de por lo menos una o dos grandes obras de infraestructura vial para la ciudad. Los primeros como el resultado de la corrupción de la administración anterior y el segundo como la experiencia de una traumática y fracasada agenda conjunta entre la gobernación y la alcaldía 2016-2019. A eso se le puede llamar liderazgo entorpecedor.
El primero de enero de 2020 la ciudad tendrá un nuevo mandatario, con la tarea de priorizar respecto de su programa de gobierno, los megaproyectos que requiere la ciudad. En un reciente foro de candidatos a la alcaldía se le escuchó decir a uno de ellos, cuando se hizo referencia a la obtención de recursos para las grandes obras, que la financiación no era un obstáculo, que todo estaba en la visión, gestión y voluntad del alcalde de la ciudad para sacarlos adelante. Sí señor, esa es la respuesta.
Ahí la cereza del pastel. Ibagué pide a gritos hace rato un alcalde visionario, que sepa pararse en la copa del árbol para ver lo que necesita y pasa en la ciudad, mirar hacia el futuro y tener una mente abierta y creativa al cambio y a la modernidad. Porque encerrado en la manigua de los acontecimientos diarios y enfrascado en asuntos delegables en su equipo de trabajo, se le pasará el tiempo verbalizando y de acción y ejecución nada.
Ibagué necesita un alcalde de mucha, pero mucha honestidad, con experiencia en la planeación, organización y ejecución del presupuesto municipal, que su creatividad y buen olfato gerencial, le permitan saber cómo puede obtener y maximizar recursos económicos y agotar todas las posibilidades con el ejercicio de las finanzas propias, con el alto gobierno, los organismos multilaterales de crédito y la cooperación internacional.
En el siglo xxi importa mucho la calidad de vida de los ciudadanos. Para ser sinceros, en Ibagué día a día se deteriora por muchos factores, y el principal de ellos es el desempleo, porque donde no hay ocupación ni para mayores y tampoco para los jóvenes, se están generando espacios propicios para otros males que impactan directamente la seguridad ciudadana, la informalidad en los negocios y lo peor de todo, que los que no encuentran trabajo, se van acostumbrando a vivir de la solidaridad y caridad de sus familiares o amigos, aumentando la estadística de las familias disfuncionales y a lo mejor hasta incidiendo en la tasa de suicidios que registra la capital tolimense.
El reto del nuevo alcalde, con los empresarios y todos los ciudadanos será propiciar un ambiente de oportunidades, que se concentre en terminar lo que dejó iniciado el actual mandatario, y concentrarse en uno o dos megaproyectos, viables financieramente.
La esperanza es lo último que se pierde. Siempre decimos, con el futuro alcalde Ibagué cambiará. Mentiras, llevamos más de veinte años y nada que se nos hace el milagrito. ¿Será que el 2020 comienza la era del cambio y la transformación? Amanecerá y veremos.