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El desencanto por la política es una epidemia

El hastío es apenas una consecuencia lógica del engaño, las prácticas corruptas y clientelistas empleadas para llegar al poder. Por: Andrés Forero.
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El Espectador
14 Ago 2019 - 11:57 COT por Ecos del Combeima

El desencanto por la política es una epidemia que no distingue hoy edades, estratos, ni condiciones sociales

Naturalmente no es un tema que se circunscriba a actuaciones individuales sino que en ellas tienen una altísima cuota de responsabilidad los partidos y colectivos que otorgan avales.

Si hubiese que evaluar la reputación de las colectividades en términos éticos y de moral, ninguna saldría bien librada, enlodados por los pecados de sus caciques, líderes y militantes.

Entonces emergen como tabla de salvación para quienes se supone quieren hacer política decente los movimientos significativos de ciudadanos, un proceso legalmente viciado desde su génesis cuando se condiciona la participación al pago de honerosas pólizas de seguros para las que inevitablemente hay que recurrir a un financiador.

Una "pantomima" por demás desgastante para las bases, quienes tienen que salir a buscar firmas, pero también para un limitado aparato electoral que debe evaluar la validez de los registros.

En ese orden de ideas, y hasta tanto no se modifique el sistema, cosa que resulta poco probable cuando quienes hacen las leyes son actores elegidos en ese mismo juego siniestro de la democracia, los partidos políticos seguirán siendo un mal necesario a la hora de ejercer el derecho a elegir y ser elegidos.

Es desde esta mirada cuando ahora que se acercan las elecciones regionales resulta más acertado pensar en personas, hojas de vida y ejecutorias, que en esforzarse por una relación ideológica coherente con los movimientos que les avalan.

La explicación es simple: si tuviéramos políticos en coherencia con sus partidos, no tendríamos senadores liberales que se oponen al aborto, dirigentes conservadores que hacen parte de la comunidad LGTBI y alcaldes reconocidos en el ámbito público por su cercanía al conservatismo, puestos en esos cargos por el voto del liberalismo.

Si esas supuestas lógicas determinaran el estilo de gobernar hoy no tendríamos en el país para este proceso democrático en curso, coaliciones en las que convergen fuerzas diametralmente opuestas como liberales, conservadores, cristianos, partidos independientes y el mismo Centro Democrático.

Así, mientras en campaña muchos ciudadanos de a pie pretenden imponer criterios polarizantes, cargados de radicalismo que alimentan infértiles discusiones e insultos, en lo más alto de la cadena el interés particular se diluye para abrir paso a negociar lo que a ojos de la opinión pública resultaría innegociable.

Si usted busca un consejo para empezar a tomar su decisión, lo más sensato es decirle: bájele el fuego a la pasión y súbale al ceso y la razón.

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