Durmiendo con el enemigo Parte 1
Una enfermedad exclusiva de Asia Oriental, llegó a la tierra de la tricolor, en donde el fútbol es la pasión, donde se produce el café más suave del mundo, donde la gente es solidaria, trabajadora, goza de carnavales, fiestas, comparten con amigos, disfrutan de un buen asado y viven en uno de los países más felices de la Tierra.
Y cuando llega a Macondo el mundialmente conocido Coronavirus, se declara el “estado de emergencia” y se restringe el libre tránsito, salvo casos excepcionales.
La pandemia ha paralizado a gran parte del país: muchas empresas han clausurado sus puertas, amigos/as y familiares nos hemos despedido por una temporada, trabajadores/as trabajan desde sus casas o se quedan sin trabajo y cada vez es más común ver calles desiertas y mensajes que instan a quedarse en casa.
La situación que estamos enfrentando como humanidad ha creado nueva forma de vida, lejos de las aglomeraciones y del mundo social al que pertenece el ser humano. Cambiamos el cine por Netflix, cena en restaurantes por cocina casera, los viajes de paseo por recorridos en los pasillos de casa y los pequeños momentos de tranquilidad por peligro y tensión continua para todas aquellas mujeres víctimas de violencia de género. Sí, una situación que ahora se invisibiliza más, por eso no nos enteramos de que muchas mujeres en nuestro país, y en muchos otros países, son obligadas a vivir un doble “estado de emergencia”: el provocado por el Covid-19 y el que ya sufrían de puertas para adentro en sus hogares.
¿Y por qué no lo deja o no se va? Es la primera pregunta que viene a la mente y pensamos que es falta de carácter de las mujeres… ¿y si fuera tanto el miedo, que las paraliza? ¿Y si se aterrorizan y se sienten indefensas? ¿Y si están amenazadas y hablar las pone aún más en peligro? Por elemental supervivencia es natural no ponernos en peligro. Y aquí estamos hablando de la integridad física y psicológica.
La víctima es incapaz de afrontar una situación emocional con sus recursos psicológicos habituales. Además, la violencia no es común que se denuncie y cuando se hace es más común ver que las mujeres violentadas perdonen a su agresor. He escuchado frases tristes como “él me ama, pero soy yo la que lo hago enojar”; “cuando está sobrio es muy cariñoso conmigo”; “si él se va, quién me va a ayudar a sacar a los hijos adelante”…Incluso minimizamos estos actos para decirnos a nosotras mismas que un sacudón o un apretón en los brazos no es violencia.
El mismo sistema patriarcal en el que hemos vivido nos impuso los roles de género y las prácticas simplemente se volvieron parte de nuestra cotidianidad. Estamos ante un problema estructural que empezó cuando se nos enseñó e inculcó a las mujeres “el deber ser” y esa historia ya la conocen: ser sumisas, no contradecir al hombre (primero el papá, luego el esposo) y no alterarse. Lo triste es que los niños y niñas (que aprenden por imitación) son víctimas que no solo aprenden a hacer estas situaciones parte de su normalidad, sino que las aceptan y reproducen casándose con personas donde ese patrón maltratador se repite o volviéndose victimarios.
Aunque muchos de nosotros pensemos que lo peor que nos puede pasar durante el aislamiento es ser contagiados por el Covid-19 podría ser peor, podríamos estar las 24 horas bajo el mismo techo con nuestro agresor.
Quisiera pedirles que piensen en el impacto que eso tendría en sus vidas o cómo sería yo si en nuestra infancia me hubiera tocado vivir en un entorno así. Lo más triste es que probablemente usted que está leyendo esta columna ha sido alguna vez en su vida protagonista o testigo de violencia contra la mujer.
¿Cree que estoy exagerando? Se lo contaré en mi siguiente columna.