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Durmiendo con el enemigo parte II

Las cifras revelan un flagelo atroz que muchas veces termina en feminicidio. Según el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Colombia, entre enero y octubre de 2018 se presentaron 103.481 casos de violencia contra la mujer en todo el país, Ibagué fue una de las ciudades con mayores cifras de violencia. Por: Adriana Avilés.
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Ecos del Combeima
12 Mayo 2020 - 18:03 COT por Ecos del Combeima

Cerré mi columna de la semana pasada con la pregunta de qué puede ser peor: ¿ser contagiadas por el Covid-19 o estar las 24 horas bajo el mismo techo con el agresor?
Podría sonar a exageración, pero les aseguro que todos alguna vez en la vida hemos sido protagonistas o testigos de casos de violencia contra la mujer, porque cuando hablamos de violencia, no nos referimos únicamente a la violencia física, es tal vez la más visible, pero no la única. Este acto sexista produce daños profundos y muchas veces irreparables porque también se manifiesta como violencia económica, laboral, psicológica, sexual, simbólica y hasta política, entre muchas otras. 

Las cifras revelan un flagelo atroz que muchas veces termina en feminicidio. Según el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Colombia, entre enero y octubre de 2018 se presentaron 103.481 casos de violencia contra la mujer en todo el país, Ibagué fue una de las ciudades con mayores cifras de violencia. El año pasado la tendencia se mantuvo y vamos a esperar cómo termina este año porque, aunque las cifras son alarmantes, el subregistro es alto.

Ese fenómeno cultural termina por culpar a la mujer, asumiendo que “hizo algo para merecer el castigo”, o señalándola de “ser cómplice” de la actitud violenta hacia ella y de no denunciar. Ambos hechos se han vuelto tan comunes, que las mujeres no denuncian por miedo, temen a ser revictimizadas y a que la gente las juzgue como responsables de la violencia que a ellas mismas las afecta, increíble pero cierto: Muchas veces se les culpa por haber ocasionado el maltrato. Nuevamente pregunto ¿hay algún motivo que justifique la violencia contra la mujer? 
Y aunque existen varias campañas que buscan erradicar la actual pandemia del Covid-19, aún peor, la violencia de genero todavía permanece arraigada a nuestra sociedad y cobra cada vez más víctimas mortales. 

No es extraño que durante el confinamiento los casos de violencia contra la mujer aumenten, porque pareciera no existir otra escapatoria para las mujeres maltratadas que aprender a vivir con el agresor que se apropia de sus minutos y segundos para denigrarla y minar aún más su maltrecha autoestima.  No creo que ninguna mujer la pase bien estando encerrada y soportando golpes físicos y morales cada vez más difíciles de esquivar. 

El lugar más preciado para algunas, es la cárcel para otras, en donde el compañero sentimental resulta ser un carcelero despiadado que disfruta con cada lágrima, con cada llanto y quizás, ver los moretones en el cuerpo de la débil mujer lo hace sentir más macho e invencible. Entonces el hogar resulta ser una celda de cuatro paredes de la que no tienes excusa para escapar porque el aislamiento social al que estamos sometidos por causa del Covid-19 no nos da la posibilidad de encontrar espacios de tranquilidad.  ¿A quién pedir auxilio si la sociedad se debe cuidar del contagio y ellas además de cuidarse del contagio se deben cuidar del agresor? 

Frases como: “No te calles, denuncia” parecen ser sencillas de poner en práctica, pero debe ser complejo convivir encerradas con otro ser humano igual que tú, pero que ejerce el rol de autoridad máxima sobre ti y que durante largo tiempo te ha machacado de tal forma que te sientes incapaz de pestañear sin su consentimiento, que te ha inculcado un miedo tan inmenso que tú cerebro ha dejado de contemplar pedir ayuda como una posibilidad y que ahora, sí que sí, ha conseguido aislarte por completo.

Muchas de ellas, mujeres maltratadas, violentadas están en ese lugar al que llaman casa tratando de tener una familia, aparentado estar bien y contentas para no ser juzgadas por una sociedad a la que le es fácil opinar desde fuera y usar los típicos argumentos hipócritas de “si no denuncia es porque no quiere” o “ella también tiene parte de culpa por no contar lo que ocurre”. Es lamentable que varias de esas afirmaciones provengan de mujeres cuya falta de sororidad las hace ligeras al juzgar.  

Y entonces, pedir ayuda es realmente un drama para  poder reunir las fuerzas necesarias y dar ese primer grito de “socorro”, pues la situación que estamos viviendo actualmente es otra piedra más en ese interminable camino, porque cualquier oportunidad de salir del círculo de violencia se ve ampliamente reducida y los pequeños momentos de privacidad pasan a ser nulos. Tu pareja ya no tiene que acudir a su puesto de trabajo, los bares donde acostumbraba a echarse ese “par de politas” permanecen cerrados, salir a hacer la compra o cualquier otro mandado fuera del hogar tiene que estar justificado ante la autoridad y el contacto con el exterior se reduce al máximo.

Pero claro, tú, “No te calles, denuncia”, porque es muy fácil llamar al 155 estando en la misma habitación que tu agresor o mientras su mirada acechante te persigue a lo largo de todo ese mal denominado “hogar”. En casos como estos, poder tener un mínimo de vínculo con el exterior se convierte en toda una odisea porque se debe estar sometida y subyugada al hombre de la casa, al que manda, al que tiene la última palabra.

Finalmente, poder escapar resulta ser tan difícil para aquellas mujeres que viven con temor, que incluso llegan a pensar que tal vez no exista un mañana y que la mejor manera de sobrellevar esa “convivencia” sea acceder a todos los deseos de su agresor. 

En este escenario lo mejor que podría suceder es que se acabe la pandemia: por una cuestión de supervivencia para la humanidad y para que muchas de ellas puedan tener un respiro y volver a vivir. 
A todas ellas les manifiesto mi admiración por la valentía con que protegen su hogar, a cada una le hago la invitación a salir de esos círculos de violencia y les recuerdo que NO están solas. 
¿Todavía creen que exagero?

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