De nuestros próximos gobernantes espero…
En el año 2018, con el alma de un recién graduado, la melena larga y las ansias de cambiar el mundo a flor de piel, comencé a estudiar Ciencia Política, la carrera de mis sueños. Incontables noches de estudio y tertulia, sumergido en los trabajos de grandes pensadores, antiguos y contemporáneos, me embriagaron en las mieles del saber que, por ser dulce, genera más deseo por sí mismo antes de saciarlo. “Cuando me gradúe, voy a entender un mundo que, hasta hoy, veo como extraño” me dije constantemente durante cuatro años.
Finalmente, el día llegó, me gradué y con el entusiasmo de un guerrero recién dotado de armamento salí en mi cruzada para responder aquellas preguntas que me perseguían desde que estaba en el colegio. Regresé a la ciudad que me vio nacer y crecer, conocí la política real y lo que vi me dejó impactado. Un becerro de oro grande y deslumbrante que, al verlo solo desde fuera muchos admiran, otros envidian y algunos hasta adoran, pero que en su interior está lleno de las cosas más nefastas vistas por el ser humano.
La democracia colombiana está quebrada, más aún en las regiones y por sobre todo en nuestra tierra, en el Tolima. Aquellos que se hacen llamar demócratas, no se toman el tiempo y el cuidado de sanar las heridas y rupturas de un sistema en decadencia, sino que se han dedicado a buscar la manera de filtrar sus tentáculos por entre estas, profundizandolas cada vez más y generando daño constantemente, año tras año, gobierno tras gobierno. Nos han condenado a vivir en una casa que se desmorona, donde el ingreso familiar medio es menor al salario mínimo, donde la única habitación decente es la del regente de turno, el todopoderoso monarca-democratico, gobernador, alcalde, senador, o como se le llame, por contradictorio que parezca.
Ahora bien, no todo en esta vida puede ser lúgubre y tenebroso, ni color de rosa tampoco. Debo admitir que, como buen politologo uniandino, educado en la narrativa teleológica del mundo perfecto poliárquico, confío en la democracia. No porque hoy sea perfecta, sino por lo que puede llegar a ser y por su papel en la garantía tanto de las libertades individuales como de la convivencia colectiva por igual. Siendo asi, esto espero de nuestros siguientes gobernantes.
Por convicción moral, no puedo felicitar a los ganadores, exceptuando unos pocos, porque conozco, como dije anteriormente, el interior del monstruo político y sé que la victoria implica la firma de acuerdos nefarios con fuerzas poderosas, bastante más allá de las sombras. Sin embargo, y con un poco de pensamiento deseoso (i.e. wishful thinking) espero de todo corazón que sus prioridades de gobierno correspondan a las necesidades territoriales de sus verdaderos jefes, la gente, y no al dios del dinero.
En el caso de Ibagué, hablo de este pues lo conozco más a profundidad, quien sea el o la siguiente burgomaestre se enfrentan a retos titánicos. Una economía, de por sí débil, golpeada por la pandemia y con pocos signos de recuperación real. Una tasa de desempleo de las mayores en el país acompañada por un índice de pobreza monetaria y extrema que dejan mucho que desear de la respuesta de gobiernos anteriores. Una de las ciudades peor calificadas en cuanto a facilidad para emprender del país y del continente. Un índice de desempeño fiscal poco prometedor. Un catastro desactualizado y casi inoperante. Una sensación de inseguridad rampante. Etcetera, etcetera, etcetera.
La situación para el resto departamento es aún peor, especialmente para los municipios del Sur y Suroriente, vistos eternamente como fortines electorales y tratados como minas de las que no salen diamantes sino algo mucho más valioso en nuestro contexto, votos y más votos. La deserción escolar, desnutrición infantil, falta de saneamiento básico y escaso acceso a agua potable se llevaron por delante municipios como Rioblanco, Planadas, Natagaima, Coyaima y demás.
En fin, por el bien de los Ibaguereños, y de los tolimenses por extensión, espero que nuestros próximos gobernantes busquen mejorar la calidad de vida de todos, no solo de su círculo más cercano. Aunque, para ser sincero, no me haré ilusiones.