La cara humana de Johana Aranda
Johana Aranda fue fruto del amor entre dos profesores rurales, creció en medio de las montañas que adornan el cañón del Combeima y desde su infancia mostró fuerte vocación de servicio. Los habitantes más longevos de la zona recuerdan que con apenas cuatro años, se esmeraba por barrer hasta el último rincón de la escuela en Pastales, reclamando con vehemencia a quienes transitaban por su área de trabajo y le devolvían la basura, dando muestras del carácter que la acompañaría a lo largo de toda su vida.
Hizo parte de la enorme cifra de habitantes del campo que se desplazaron hasta la ciudad, viviendo temporalmente en el sur de Ibagué y luego en el barrio Córdoba, frente a lo que actualmente se conoce como la ‘Lechonería Eduvina’. Estudió en el Liceo Nacional y posteriormente, como miles de Jóvenes, se vio obligada a salir de la ‘Capital Musical’ para trabajar y estudiar una carrera universitaria.
Su simple deseo de estudiar bacteriología rompió con los lugares comunes y el rol que socialmente se le suele asignar a la mujer, se formó profesionalmente entre ciencia y laboratorios, siempre con el flamante ímpetu que acompaña a la juventud.
Posteriormente, hizo caso omiso a la frase “nadie es profeta en su tierra” y regresó para poner su conocimiento al servicio del terruño que la vio crecer. Su primera parada sería el IBAL, en donde sacó adelante, nada más y nada menos, que la primera Planta de Tratamiento de Aguas Residuales en Ibagué.

La vida no es una línea recta de éxito y felicidad, Johana lo entendió perfectamente cuando en el momento más importante de su despegue profesional, recibió la noticia de que tenía Cáncer, hecho que puso en riesgo su vida y la de su hija, quien aguardaba en su vientre para traer luz a su mundo.
Ningún mar en calma hizo al marinero, se probó en batalla siendo paciente oncológica y venció. Aquella experiencia, cuentan sus más allegados, terminó de pulir una personalidad que persiste hasta la presente fecha.
Johana perdona con facilidad y para cada ocasión siempre tiene una sonrisa, pues sabe que la vida se puede ir en cualquier momento; desarrolló un espíritu inquebrantable que no la deja caer ante cualquier adversidad; tiene presente que la vida es un ratico y que no puede desperdiciar el tiempo con eufemismos, por eso llama a las cosas por su nombre y no se pone con medias tintas; pero lo más importante, siendo una persona muy creyente, está convencida de que Dios le dio una segunda oportunidad porque la tenía para un propósito, el propósito de servir.
Fue así como años después llegó a ser Secretaria de Salud de Ibagué, quién con mente rápida, la misma que dejó boquiabierto o en silencio a más de un político experimentado en los debates, diseñó estrategias que fueron emuladas en muchas ciudades del país, hecho que la hizo merecedora de distinciones nacionales e internacionales, pues Ibagué fue la ciudad que mejor manejó la pandemia.
Hoy es la única mujer del tarjetón y camina firme hacia la Alcaldía de Ibagué. Se le ve en medio de una campaña colorida, respaldada por ciudadanos de todas las razas, géneros, religiones e ideologías; ha generado admiración en los niños, quienes la ven como ejemplo y ha cautivado el corazón de miles y miles de ciudadanos.
Esa es Johana Aranda, no nació en cuna de oro, ni en una casta política; sabe que el poder no le corresponde por derecho de sangre, por el contrario, gracias a su origen, conoce las necesidades más urgentes la gente y quiere trabajar, siempre dando la milla extra, para ayudarlos. Por eso su propuesta se llama ‘Ibagué para todos’.